Eran sus ojos, funesto destino
Eran sus libros, armas invisibles
Era su sueño, un lento asesino
De fragancias y besos imposibles
Era su orgullo, seña despreciada
Halo que temía al mundo abrirse
Ahogo de sentir, duda demasiada
Mas cuando el amor tocó su herida,
Nació en su pecho un fuego contenido,
tan nuevo que quemaba sin medida.
Amó sin miedo al jucio ni al olvido,
y al darlo todo en su última partida,
volvió eterno, lo que fue prohibido.